El Periódico de la Psicología

ESTADOS MODIFICADOS DE CONCIENCIA

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A lo largo de la historia, las personas que pasan por crisis espirituales son reconocidas por muchas culturas como bienaventuradas; se cree que están en contacto directo con espacios sagrados y seres divinos. Sus sociedades los apoyan a lo largo de estos episodios cruciales, proporcionándoles refugio o interrumpiendo las exigencias normales. En sus comunidades hay miembros respetados, que habiendo pasado por sus propias emergencias, pueden reconocer y comprender un proceso semejante en otros y por ello respetar la expresión del impulso místico y creativo. Las experiencias en ocasiones dramáticas y espectaculares, eran alimentadas en la confianza de que dichos individuos volverían a la comunidad con una mayor sabiduría y una mejor capacidad de estar en el mundo, en beneficio propio y en el de la sociedad.

Con el advenimiento de la ciencia moderna y la era industrial, esta actitud tolerante e incluso de respeto e incluso de respaldo cambió de forma drástica. La espiritualidad, en cualquiera de sus formas, fue exiliada desde el punto de vista científico moderno.

La psiquiatría descubrió explicaciones biológicas para algunas enfermedades mentales en forma de infecciones, tumores, desequilibrios químicos y otras tribulaciones del cerebro o del resto del cuerpo. Descubrió también poderosas formas de controlar síntomas de condición muy distinta cuya causa era desconocida, incluidas las manifestaciones de crisis espiritual. A causa de este éxito, la psiquiatría se estableció contundentemente como disciplina médica y el concepto de enfermedad mental se amplió para incluir muchos estados que, hablando con propiedad, eran condiciones naturales que no podían ser vinculadas a causas biológicas. El proceso de la emergencia espiritual en general, junto a las manifestaciones más dramáticas, empezó a contemplarse como una enfermedad, y quienes mostraban signos de lo que anteriormente se había considerado una transformación interior y crecimiento fueron catalogados, en la mayoría de los casos, como enfermos.

En consecuencia, mucha gente que presenta síntomas psicosomáticos o emocionales queda automáticamente clasificada como víctima de un problema médico y sus dificultades se contemplan como enfermedades de origen desconocido, aunque las pruebas clínicas y de laboratorio no ofrezcan evidencia alguna que sostenga tal actitud. A consecuencia de esta predisposición, muchas personas comprometidas en un proceso de sanación natural de la emergencia espiritual, automáticamente se ven situados en la misma categoría que aquellos que sufren autenticas enfermedades mentales; en particular si sus experiencias provocan una crisis en sus vidas o si crean dificultades a sus familias.

Esta interpretación se ve posteriormente alimentada por el hecho de que el grueso de nuestra cultura no reconoce el significado y el valor de los ámbitos místicos en el seno de los seres humanos. Los elementos espirituales inherentes a la transformación personal parecen ser ajenos y amenazadores para quienes no están familiarizados con ellos.

En las dos últimas décadas, sin embargo, esta situación ha ido cambiando con rapidez. La espiritualidad ha vuelto a introducirse en la corriente principal de la cultura mediante el interés por sistemas sagrados, como los de las religiones orientales, la literatura mística occidental y las tradiciones de los nativos. Muchos están experimentando con la meditación y otros tipos de práctica espiritual. Junto al renovado interés por el misticismo, estamos asistiendo a otro fenómeno: un creciente número de personas están teniendo experiencias espirituales y desean hablar más abiertamente sobre ellas.

La Organización Gallup mostró en un estudio que el 43 por ciento de las personas encuestádas admitían haber tenido experiencias espirituales, y el 95 por ciento decía que creía en Dios o en un espíritu universal.

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